COMUNICACIÓN POPULAR Y UNIVERSIDAD: Notas para invitar a la reflexión sobre la intervención

Washington Uranga

Profesor Titular Ordinario

TAO Políticas y Planificación de la Comunicación

Carrera de Ciencias de la Comunicación

Facultad de Ciencias Sociales UBA

wuranga@wuranga.com.ar

www.wuranga.com.ar

La pregunta sobre la comunicación no puede ser nunca un interrogante al margen de los contextos, los escenarios y los actores que la protagonizan. La comunicación es, ante todo y fundamentalmente, una práctica social de producción, intercambio y negociación de formas simbólicas. Como actividad humana es indisociable de los actores que la protagonizan y de los escenarios en los que se concreta.

La comunicación puede ser leída también como un proceso de producción de conocimientos que se genera en el intercambio entre actores, pero además como la manifestación de la actividad política –entendida como acción de transformación-  de los sujetos en la sociedad.

Estas perspectivas refieren a la manera cómo, a través del intercambio comunicativo, los actores sociales generan conocimiento, cómo desarrollan su acción política en la sociedad y de qué manera todo ello se transforma en significaciones que, en medio de la lucha simbólica, buscan constituirse en sentidos socialmente predominantes.

Cualquiera sea la perspectiva de abordaje o el recorte conceptual siempre los actores están en el centro, porque son ellos los que configuran los procesos comunicacionales, los que cargan de sentido las prácticas sociales que son experiencias de comunicación.

En esta mirada se apoya también la perspectiva de derechos. Entender la comunicación como derecho humano fundamental es reconocer al sujeto como protagonista excluyente de los procesos comunicacionales. A ese sujeto, varón y mujer, ciudadano y ciudadana, es a quien le asiste el derecho a la comunicación. Es este sujeto quien demanda el ejercicio del derecho a la comunicación entendido al mismo tiempo como derecho habilitante de otros derechos.

Esta es la perspectiva que ilumina nuestra reflexión cuando nos preguntamos sobre la comunicación, la formación en comunicación de los estudiantes y también acerca del rol de la universidad –en particular de la universidad pública- en materia de comunicación, de cara a la sociedad y en diálogo con ella.

El discernimiento no debería ser muy distinto si el interrogante apunta a buscar algunos criterios para analizar y para promover la presencia de los comunicadores en la sociedad, en los procesos de transformación, en la vida política, social y cultural. Una vez más habrá que preguntarse por los escenarios y por los actores.

 

Desde los actores

 

De muchas maneras se adjetivó a la comunicación buscando reconocer aquellas prácticas de los comunicadores vinculadas a los sectores populares, a la resistencia, a la acción política, a lo social. Hemos transitado por  adjetivos tales como popular, alternativa, comunitaria, grupal… y tantos otros.

No es un debate que realmente tenga relevancia. En realidad cada una de las caracterizaciones responde, una vez más, a los actores que protagonizaron esos procesos de comunicación y a los escenarios en los cuales la experiencia plasmó.

¿Cuál es el criterio llave para determinar si estamos hablando o no de una práctica de comunicación popular en cualquiera de sus acepciones? ¿Son técnicas, son modalidades diferentes?

Definitivamente lo popular, lo comunitario, se define por los actores que protagonizan la comunicación. Son los sujetos quienes dan color a la comunicación cargando de sentido sus prácticas comunicativas en la sociedad. José Bernando Toro y Marta Rodrigues (2001) llevan esta afirmación al extremo para decir que la comunicación en si misma es “vacía” y lo que lo realmente la carga de sentido es el proyecto a comunicar.

Son los actores populares y comunitarios, como protagonistas del proceso comunicativo, los únicos que pueden protagonizar la comunicación popular y comunitaria. Son ellos, con sus cargas culturales, políticas, ideológicas. También con la forma de disputar simbólicamente el poder a través de la comunicación.

Hablar de comunicación popular y comunitaria es referirnos a los actores populares. Hacer comunicación popular y comunitaria es incorporarnos como comunicadores, como científicos y como profesionales, al quehacer comunicativo de los actores populares y comunitarios.  Y esto implicará también involucrarnos en las luchas y en las resignaciones, en las complejidades y en las contradicciones de estos mismos actores populares.

Por esta misma razón las experiencias de comunicación vinculadas a los actores populares en América Latina fueron adquiriendo las características y el nombre de sus protagonistas, pero también asumiendo la mirada política, el modo de producir conocimiento y, en relación a ello, generando una manera de entender la propia comunicación.

Se puede sostener, como lo asegura María Cristina Mata (2011) que las prácticas de comunicación popular fueron siempre manifestación de un proyecto emancipatorio, de búsqueda de cambio, de liberación, de los sectores que sufren cualquier tipo de dominación. En algunos casos estas prácticas cobraron la forma de comunicación sindical, en otras de comunicación indígena, en otras de voces surgidas desde la resistencia, otras como gritos revolucionarios y en otros como una manera de “dar voz a los que no tienen voz”.

 

Escenarios

No existe ninguna pretensión de agotar en estas pocas líneas todos los escenarios de la comunicación popular, pero quizás se puedan señalar algunos y caracterizar los momentos.

Hicieron comunicación popular las radios mineras en Bolivia, pero también las radios vinculadas a la Iglesia Católica en América Latina en los años sesenta y setenta. Hubo prensa obrera, comunicación en los barrios, circuitos alternativos, comunicación grupal, comunicación alternativa. En todos los casos las características de esa comunicación estuvo siempre atravesada por los objetivos y la perspectiva de los protagonistas.

Por comunicación popular se entendió en un momento que quienes veníamos de la universidad o de la profesión asumiéramos la vocería de aquellos a quienes suponíamos sin voz. Aunque la tuvieran. Y suplantamos así aquellas voces por las nuestras, partiendo de la base (equivocada pero también honesta) de que podíamos convertirnos en intérpretes genuinos de los actores populares. Y de esta manera desplazamos del centro a los verdaderos protagonistas. Pero, en todo caso, los errores, no son sólo atribuibles a nosotros. Era un momento donde arreciaba cierto modo de vanguardismo político que también se sentía intérprete de la voluntad popular.  Lo hizo parte de la izquierda revolucionaria, lo hizo el sindicalismo, lo hicieron también sectores católicos vinculados con la “teología de la liberación”.

Cambiaron los contenidos pero no la manera vertical y escasamente participativa de comprender la comunicación.

La revisión de aquellas prácticas llegó también con una mirada política y social más cercana a la perspectiva del ejercicio del derecho a comunicar, a decir, a manifestarse por parte de los propios actores populares. Y con ello se modificaron nuevamente los contenidos, pero también las estéticas y el lugar que nos tocó ocupar a los comunicadores profesionales. Fuimos desplazados del centro para transformarnos en técnico-políticos al servicio de las luchas populares, de la revolución, del cambio social o de la resistencia según el caso. Los escenarios, una vez más, configuraron ese modo de hacer comunicación. En lo político ganaba espacio una mirada cercana a la concepción “gramsciana” de los “intelectuales orgánicos”.

Se modificaron las prácticas comunicacionales porque los actores populares ganaron protagonismo.

Pero al mismo tiempo con la resistencia (y luego durante la transición democrática) en nuestros países latinoamericanos, la comunicación popular se transformó más en un estilo, en una forma de hacer casi vinculada con la marginalidad y con el exotismo. Hacer comunicación popular se convirtió para muchos en una forma de protesta, en una manifestación contracultural o anti sistema. Es verdad que se expandieron las prácticas, pero también se disolvió el protagonismo de los sujetos populares en el escenario confuso de una posmodernidad sin modernidad.

Mientras tanto, otras experiencias de larga data (radios, centros culturales, colectivos creativos y de producción, entre otros) comenzaron a plantearse la necesidad de armar proyectos político-económico-culturales que fuesen sustentables. La comunicación popular se desafió a sí misma a encontrar una forma de gestión que permitiese la continuidad de los proyectos iniciados en medio de una sociedad capitalista y de mercado. En esa búsqueda estamos todavía. En este camino fue necesario repensar la comunicación y retomar también las exigencias respecto de la calidad de lo que se produce y estudiar las audiencias para saber cómo se percibían los mensajes producidos desde el campo popular.

El escenario se modificó nuevamente con el crecimiento de la capacidad de movilización y de incidencia de los movimientos y organizaciones sociales y populares en la mayoría de nuestros países latinoamericanos. Era necesario continuar con el reclamo, pero al mismo tiempo pasar a una etapa propositiva, generar normativas para garantizar el derecho a la comunicación.  Los comunicadores populares fueron parte esencial de estas iniciativas en gran parte de los países latinoamericanos.

Comunicación popular ya no era solamente el discurso alternativo o la denuncia, precisamente porque los actores populares discutían espacios de poder en el Estado, en las políticas públicas, en el espacio público. Se incluyeron nuevos actores y con ello también se perdió “radicalidad” política. Y simultáneamente el espacio público se abrió poco a poco como un ámbito viejo y renovado para dar batallas, para visibilizar a los actores, para la construcción de sentidos.

Apoyada en la idea del derecho a la comunicación como derecho habilitante de otros derechos, la comunicación popular y comunitaria ingresó en el espacio de todas las políticas públicas, como un componente necesario de las mismas. Y hubo que descubrir otros modos, desarrollar otras miradas, pensar también en las estrategias de comunicación, repensar los productos, generar nuevos conocimientos y habilidades.

Entiendo que en este momento estamos. Intentando pensar los procesos de intervención desde la comunicación en un doble sentido. Por una parte generando junto a los actores populares acciones, propuestas y metodologías de comunicación que reflejen sus derechos, sus aspiraciones y, al mismo tiempo, sus estéticas. Por otro lado desarrollando estrategias comunicacionales para incidir en las políticas públicas y, simultáneamente, impulsando las formas para que los propios actores populares protagonicen el surgimiento de políticas de comunicación.

Hay todavía un largo camino para recorrer.

 

Errores que dejan marcas

A modo de revisión crítica y ciertamente no de reproche a una experiencia que fue valiosa más allá de sus limitaciones, resulta interesante marcar algunos de los errores cometidos y que pueden servir para aprender y crecer. Valga una advertencia: los errores que aquí se señalan tienen que ser leídos a la distancia en el contexto en que se dieron.  Esto permitirá también una mirada si bien no benevolente, por lo menos comprensiva de lo que ocurrió. No podrá decirse lo mismo de quienes hoy persisten en estas mismas actitudes.

 

  • “…darle voz a los que no tienen voz”

Fue una etapa pero también una perspectiva. Se apoya en una matriz paternalista y asistencialista y en el no reconocimiento de las capacidades del sujeto popular para generar cambios a partir del desarrollo de sus propias potencialidades.

Muchos comunicadores y comunicadoras (también dirigentes populares y comunitarios) adoptaron actitudes mesiánicas que inhibieron la acción genuina de los actores populares.

Fue sin embargo una etapa importante de fortalecimiento de una posición contra hegemónica. No lo es, sin duda, para quienes todavía persisten hoy en estas posiciones.

 

  • Resignarse a lo micro, a lo propio y a lo “puro” para no perder “identidad”.

Los años ochenta y parte de los noventa fueron épocas de retroceso para el campo popular. Por diferentes razones. El escenario también condicionó las iniciativas de comunicación popular. Frente a la imposibilidad de llegar al sistema masivo de medios, mercantilizado y sometido a las leyes del mercado, no pocos decidieron replegarse sobre las experiencias “más puras” para conservar allí las identidades y los valores populares.

Si bien en muchos casos el repliegue puede leerse como resistencia política y cultural, en otros fue directamente una manera de justificar la resignación frente a la impotencia para producir cambios sustanciales en el entorno.

Contradictoriamente algunas de estas experiencias cayeron en el error de desatender al gusto y a la estética popular, porque no la entendieron o la subvaloraron como propuesta estética y comunicacional.

 

  • Falta de propuestas con vocación de masividad y de poder

La pretensión de “pureza” a la que aludimos antes encubrió también la falta de creatividad y de imaginación política (y comunicacional) para construir y desarrollar propuestas con vocación de masividad, llegando al conjunto de la sociedad desde la mirada de los actores populares y con estos como actores y protagonistas centrales.  Era más fácil (para algunos y algunas lo sigue siendo) refugiarse en prácticas que, si bien estuvieron insertas en el escenario popular, carecieron de reflexión crítica sobre estas mismas realidades y, en lugar de intentar superar recurrieron permanentemente al discurso de los convencidos para los convencidos.

Esta mirada y la que señalamos antes también configuró un tipo de comunicación que si bien se puede calificar de comunitaria y popular por sus actores, careció de estrategias que permitieran abrir el espacio, multiplicar la voces, hacer del derecho a la comunicación también un espacio multiactoral para avanzar luego hacia lo multisectorial y al conjunto de la sociedad.

En este tipo de construcción la mayor responsabilidad no estuvo (ni está) en los actores propios del campo popular sino en quienes, llegando “desde fuera” hacen predominar miradas más pretendidamente puras que, por varios caminos, terminan resultando sectarias.

En este escenario se dieron también disputas entre modelos intransigentes, por un lado, y en el otro extremo, una versión “ciudadana” que apoyándose en una idea válida sobre la democracia y la necesidad de ampliar la base social de sustentación democrática terminó diluyendo gran parte de la ciudadanía apenas en un juego formal de actos institucionales.

 

  • En busca de modelos de gestión alternativos en el escenario capitalista

En los noventa, en pleno auge del neoliberalismo, una de las preguntas más difíciles de responder para las iniciativas de comunicación popular y comunitaria fue precisamente cómo darle sustentabilidad a estos proyectos en medio del escenario de una sociedad capitalista de mercado.

Se hizo necesario avanzar en la construcción de alternativas de gestión que, sobre la base de proyectos integrales que contemplaran tanto lo político, como lo cultural y lo económico, permitieran la sustentatibilidad de lo que se había construido.

Hubo de todo y para todos los gustos, dependiendo de dónde se pusiera el acento, de las convicciones y de la fuerza y la coherencia que los diferentes colectivos de comunicación popular habían acumulado en los años precedentes.

Algunos lograron transformar las experiencias en pequeños complejos político culturales con presencia por lo menos significativa en el escenario mediático de los diferentes países. Otros sobrevivieron económicamente pero fueron dejando en el camino jirones de su trayectoria popular. Los últimos sucumbieron sin encontrar la manera de sobrellevar las adversidades del contexto, pero también sin poder reconocer y evaluar los propios errores.

En los primeros se conservó la esencia del proyecto de comunicación popular: la centralidad de los actores populares y de sus demandas y reivindicaciones. En el segundo caso las exigencias comerciales desplazaron toda otra mirada, aunque se mantuvieran ciertas estéticas de lo popular. Los últimos desaparecieron en medio de sus luchas por sobrevivir en un escenario económico y político hostil y sin que la sociedad ni el Estado acudieran para darles una mano reconociendo la importancia de su contribución a la construcción política, social y comunicacional.

 

Algo de lo que aprendimos (… y tenemos que aprender todavía)

De lo relatado (y de muchas otras experiencias que no caben en esta presentación pero que forman parte de la riqueza invaluable de la comunicación popular y comunitaria en el continente latinoamericano) surgen muchos aprendizajes que pueden enriquecer nuestra experiencia actual.

Algunos son los que siguen, insistiendo nuevamente en que no hay en esta mirada la pretensión de agotar los señalamientos sino de invitar a la reflexión que critique, corrija y complemente.

 

  • La intencionalidad educativa de la comunicación popular

Las experiencias de comunicación popular en América Latina están indisolublemente ligadas a las de educación popular. Una buena manera de entender esta vinculación sería repasar los textos de Paulo Freire (1998), en particular ¿Extensión o comunicación? Allí no sólo se expone la relación indisoluble entre los dos campos disciplinares, sino que también se señalan las condiciones y los recorridos que los procesos de comunicación deben tomar en cuenta para producir cambios sustanciales a partir del reconocimiento del sujeto popular como actor protagónico. Se critica además el modelo de extensión que hoy nosotros cuestionamos en la Universidad.

Comunicación y educación son tradiciones que se vinculan así mismo desde la práctica. Desde sus comienzos mediante la alfabetización por radio, pero luego a través del reconocimiento de aportes mutuos entre los dos campos, de la incorporación de las tecnologías de comunicación a la educación y de los recursos educativos a la comunicación.

Advirtiendo que se trata de campos diferentes, que educación no es comunicación y que la comunicación no es educación, la comunicación popular y comunitaria nos enseñó y nos puso a practicar que existen zonas grises de intersección. Y que la comunicación popular siempre ha tenido y continúa mostrando una intencionalidad educativa.

 

  • El sentido crítico como actitud permanente

Es un aspecto esencial a destacar. La comunicación popular, a partir de la centralidad de los actores, ha sido siempre contracultural y contra hegemónica. Por este camino resultó  sumamente crítica de todos los modelos.

La comunicación popular fue una escuela permanente de criticidad, de mirada desde otro lugar. Precisamente desde el lugar de quienes no resultan favorecidos por el sistema, de quienes tienen que encontrar las maneras para hacerse oír y para hacerse comprender.

En este sentido desde la comunicación popular emergió siempre otro discurso, alternativo, diferente, para debatir con el poder e instalar otras miradas que no fueran las dominantes.

 

  • Los contenidos y los procesos

Frente a la industria de la comunicación que privilegió el impacto, y con ese argumento las estrategias del marketing para lograrlo y los productos que garantizaran el mayor lucro sin importar cuáles fueran, ni la calidad ni la ética involucrada. La comunicación popular rescató en primer lugar la importancia de los contenidos populares apoyados en una perspectiva ideológica de cambio, de emancipación y, eventualmente, de resistencia.

Los procesos tuvieron valor por sí mismos. Porque significó atender a las personas, en sus individualidades y también en sus subjetividades. En definitiva: asumir a la persona en su integralidad y en su complejidad, apostando a su construcción como sujeto consciente del cambio, como protagonista de su destino y del de su comunidad.

¿Esta mirada pudo retrasar los resultados? Es posible. Pero por este camino la comunicación popular consolidó una mirada, cimentó posiciones y, sobre todo, pudo apuntalar personas que luego emergieron como líderes, no sólo en el campo específico de la comunicación sino en el ámbito más amplio de lo social, lo cultural y lo político.

 

  • El valor de lo colectivo

En línea con lo anterior las experiencias de comunicación popular y comunitaria se apoyaron siempre en lo colectivo, transformando este modo de construcción en una característica pero también en un método distintivo.

Lo colectivo –no sin tensiones- se puso siempre por encima de lo individual en la búsqueda de los consensos y de las perspectivas incluyentes. Podrán enumerarse muchas excepciones, individualismos y notas que contradigan esta modalidad colectiva. Pero será imposible negarla como característica, como metodología política y como estrategia comunicacional.

Esta mirada desde lo colectivo habilitó la producción de sentidos comunes y de categorías que ayudaron a ver y a comprender los escenarios sociales. Es un aporte indudable.

El riesgo, en algunos casos, fue diluir (¿desaparecer?) las individualidades y no saber capitalizar los aportes que desde lo particular muchas personas podían hacer en términos políticos pero sobre todo creativos.

 

  • La centralidad del sujeto popular

Pero, sin duda, el aporte más importante ha sido siempre rescatar la centralidad del sujeto popular, para los procesos políticos pero también para la comunicación.

No hay comunicación popular y comunitaria sin sujeto popular.

No existe una agenda de la comunicación popular disociada de la agenda de los actores populares.

No existe otra estética de la comunicación popular y comunitaria que no sea la estética de los sujetos populares.

Nada de esto implica aislamiento o marginalidad. Siempre hablamos de un sujeto popular en diálogo con el conjunto de la sociedad, que lucha por sus demandas, que busca imponer su mirada en medio de una lucha permanente de sentidos, que es lucha simbólica por el poder.

 

¿Y la  Universidad?

Se ha dicho que existe un desencuentro (¿histórico?) entre la comunicación popular y la universidad, entre (cierto sector de) la academia y los actores populares.

Cabe señalar que la academia buscó primero a los actores populares como “objeto de estudio” antes que como interlocutores igualitarios de un proceso protagonizado por unos y otros.  Sobre todo en Argentina a partir del año 2001 los movimientos sociales y populares se transformaron en un desafío interpretativo para los analistas de las ciencias sociales.

En la misma línea, aunque ubicadas antes en el tiempo, las experiencias de comunicación popular se anticiparon en mucho a las reflexiones que pretendieron comprenderla. Primero fueron las experiencias y, mucho después, la sistematización que se hizo sobre las mismas para estudiarlas y analizarlas.

Antes que una práctica en el marco de la academia la comunicación popular fue también un “objeto de estudio” del que se escribió y se habló mucho y se lo experimentó bastante menos por parte de quienes frecuentaron los claustros.

Y lejos de atravesar al conjunto de la disciplina comunicacional, lo popular y lo comunitario quedó reducido a un campo de la comunicación, restringido al espacio en el que accionaban de manera particular los actores populares o, peor aún, a una modalidad o una estrategia si lo que se privilegiaba eran las modalidades, las técnicas o la forma de utilizar los medios propias de las organizaciones comunitarias y populares.

Desde la universidad y desde la academia se hizo arduo (y aún hoy resulta difícil) hacer comprender que cuando hablamos de comunicación popular no estamos hablando de un “tipo” de comunicación, sino fundamentalmente de la comunicación que se apoya en la perspectiva del derecho a la comunicación como derecho humano fundamental y que, por esa vía, privilegia a los actores populares como centrales en ese proceso. Se trata más bien de actores y de agendas, antes que de un recorte específico.

Desde esta mirada la academia incurrió muchas veces en restringir la comunicación popular a experiencias micro y alternativas. Costó mucho ingresar en el estudio de las audiencias y en comenzar a ampliar la mirada hacia las producciones con vocación de masividad a partir del gusto y la estética popular. Habrá que caminar mucho todavía en este sentido.

Y también en una restricción sobre lo que se entendió por sujeto popular. En esta categoría entraron fácilmente las organizaciones sociales, comunitarias, algunos tipos de movimientos. Pero quedaron claramente por fuera, por ejemplo, los sindicatos como si estos (y otros) no congregaran a los mismos actores populares. Seguramente para este recorte convergieron prejuicios o miradas críticas que también dejaron al margen a algunas iniciativas religiosas de base emergentes de los sectores populares.

Nada de lo anterior puede separarse del modelo de extensión que aún predomina en nuestras universidades, basado en la idea de que la institución académica es generadora y depositaria de un saber que puede compartir, a través de la divulgación, con otros actores sociales. Se parte de la idea de la universidad, como centro del saber, que asume la “transferencia” de conocimientos como parte de su responsabilidad social, pero como una tarea que no es central a su misión. No hay en esta perspectiva el reconocimiento de la existencia de saberes diferenciados y todos ellos valiosos, en la universidad y en todos los actores sociales con los que dialoga, que se enriquecen mutuamente en la interacción.

A nivel de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de nuestra Facultad de Ciencias Sociales lo anterior se plasmó en primer lugar en un plan de estudios que recortó lo comunitario a un tema, algunas materias y, finalmente, a una orientación. Es claro que la comunicación comunitaria se vio más como una “especialidad” que como una perspectiva transversal y constitutiva de una manera de entender la comunicación.

En consecuencia, salvo en la orientación de Comunitaria y en contados casos en otras áreas y asignaturas, no se promovieron las prácticas de comunicación comunitaria o popular. Fueron “las experiencias” de algunos y de algunas, más motivadas por decisiones políticas o vocaciones personales que por una decisión académica e institucional. Por este mismo motivo las reflexiones sobre comunicación comunitaria y popular se fueron situando exclusivamente en el campo de algunos especialistas en la materia, sin integrarse a la agenda colectiva del debate sobre la comunicación.

Pero sería un grave error no reconocer que, de manera simultánea y en particular en los últimos años, fueron creciendo y desarrollándose prácticas de intervención desde la comunicación en asignaturas y talleres, más allá de la orientación Comunitaria, que dejan en evidencia capacidad y vocación de incidencia, compromiso de la comunidad académica con nuevos actores, búsqueda alianzas con el campo popular, experiencias nuevas, responsabilidad con los procesos de democratización de la sociedad y de la comunicación en particular. No pocas de estas experiencias encontraron en el Estado y en las políticas públicas su ámbito de concreción. Es una nueva realidad al amparo también de las nuevas situaciones políticas y de la redefinición del papel del Estado.

Esta es una circunstancia muy rica sobre la que tenemos que apoyarnos, de la que podemos aprender y la que tenemos que promover.

 

Cambios en el escenario (desafíos y apenas algunas notas para pensar…)

Un punteo final a modo de invitación a la reflexión y, nuevamente, sin la pretensión de concluir. Más bien, como señalé antes, debe tomarse como una provocación (también a mí mismo…) para pensar la comunicación, la comunicación popular y los procesos de intervención desde la comunicación  y desde la universidad.

  • Los procesos de intervención desde la comunicación tienen que ser pensados de manera integral. No se trata solamente de “hacer comunicación” sino de pensar la comunicación como un proceso integral en el marco de prácticas sociales complejas que son políticas, culturales y económicas. ¿Cómo incide y qué aporta el componente comunicacional en ese escenario? Pero este punto está indisolublemente ligado a discutir también en el marco de nuestra Universidad, de la Facultad  y de la Carrera en particular,  qué estamos entendiendo por extensión. La extensión no es un “lugar” o una “actividad” sino un componente esencial de la tarea de la universidad. Asumiendo que las prácticas de intervención son imprescindibles para la construcción de conocimiento desde la academia una fuente para introducir mayor reflexividad a nuestras prácticas políticas y académicas. Y habrá que rediscutir la relación investigación-extensión-enseñanza.
  • El escenario de actuación de los comunicadores con vocación de incidencia desde la perspectiva de los actores populares es el espacio público en toda su extensión y dimensión. El espacio público entendido como ámbito de lucha simbólica por el poder. Las prácticas de intervención desde la comunicación no pueden quedar restringidas a aquellos ámbitos que llevan de por sí el adjetivo de “populares” o “comunitarios”. Hay que pensar también en los nuevos y viejos actores estatales como protagonistas en este nuevo escenario. Y el Estado y las políticas públicas tienen que ser privilegiados como lugar de intervención si la Universidad y la Carrera tienen verdaderamente vocación de servicio y pretensión de incidencia. Esto nos demandará nuevas reflexiones, sistematizaciones, debates y búsquedas teóricas.
  • En el escenario social actual a los viejos actores que buscan ser reconocidos (por ejemplo las comunidades indígenas) se suman otros actores que emergen con nuevas demandas y reivindicaciones (migrantes, comunidades de género, artistas, etc.). Cambia la escena, hay otros protagonismos y nuevas complejidades. Se abren para la comunicación popular y comunitaria nuevos campos, nuevos modos de presencia, otros desafíos que introducen otras maneras de entender la comunicación, nuevas metodologías, estéticas y productos. La interculturalidad convoca también a pensar en los modos de intervención desde la universidad y desde la comunicación. Lo diverso y lo plural tiene que ser reconocido como un dato.
  • Desde lo político el ejercicio de la ciudadanía es una referencia insoslayable. Reconozcamos que el concepto de lo ciudadano todavía no encuentra una definición precisa y en no pocos casos tiene concreciones ambiguas y hasta contradictorias entre si. Pero podemos convenir al menos en que la ciudadanía no puede pensarse hoy “sólo en términos jurídicos, sino como una actitud y una condición asociada a la reivindicación de ser reconocido, de tener arte y parte en las decisiones que afectan a la vida en sus múltiples dimensiones” (Carta de Porto Alegre, 2010).
  • La ley de Servicios de Comunicación Audiovisual aprobada en el 2009 fue un paso importantísimo en el proceso de democratización de la comunicación y de la política. Pero ese no puede ser el único frente de batalla. Es necesario pensar en el desarrollo de una ciudadanía comunicacional ciudadanía comunicacional que “en el marco de los procesos políticos y culturales, permita la participación creativa y protagónica de las personas como forma de eliminar la concentración de poder de cualquier tipo para, así, construir y consolidar nuevas democracias”. Es decir,  “una nueva ciudadanía comunicativa que contribuya a la plena vigencia de los derechos humanos y de las condiciones de una vida digna” (Carta de Porto Alegre, 2010). Es pensar estrategias de comunicación desde los actores populares y en todos los espacios de la vida política y social.
  • Es ahora de retomar el antiguo y muy latinoamericano concepto de Políticas Nacionales de Comunicación (PNC) y preguntarnos cómo se traduce hoy. ¿Podemos hablar de políticas de comunicación? ¿Tenemos y podemos hablar de políticas públicas de comunicación atravesando no sólo lo estrictamente comunicacional sino transversalmente el conjunto de las políticas públicas? ¿Qué papel tenemos y podemos jugar allí los comunicadores?
  • No se puede dejar de lado tampoco el campo de la producción, de la creación de mensajes y productos, de las industrias culturales. Hay un llamado a involucrarnos en este terreno para no dejar todo en manos de los personeros del mercado.
  • Sumado a lo anterior propongo debatir la idea de la Universidad Pública como un actor político protagónico en la construcción social. No para embanderarnos con una sola causa, con una sola postura partidaria o sectorial. Pero sí para asumir nuestro compromiso indeclinable como partícipes del escenario público.

 

Todo lo dicho es susceptible de ser tenido en cuenta a la hora pensar los procesos de enseñanza y de aprendizaje en la Universidad, en las ciencias sociales y en nuestra Carrera en particular. Y cada una de las afirmaciones incluye también modos de entender la comunicación.

 

Bibliografía

 

FREIRE, P.; ¿Extensión o comunicación?, Siglo Veintiuno Editores, México.

CARTA DE PORTO ALEGRE, 2010

MATA, M.C. (2011), Comunicación popular. Continuidades, transformaciones, desafíos. Revista Oficios Terrestres. La Plata. UNLP

ALFARO, R. M. (2000), Culturas populares y comunicación participativa: en la ruta de las redefiniciones. Revista Razón y palabra. Rev. Razón y Palabra, La Paz.

KAPLUN, G. (2006), Políticas de comunicación: cambios y resistencias.  FELAFACS, Bogotá

FCE-UNER (2009), Construyendo comunidades, La
Crujía, Buenos Aires

TORO, J. y RODRIGUES, N. (2001); Comunicación para la movilización social en la construcción de bienes públicos. BID, Bogotá.

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